13 de enero de 2009

Los crímenes del número primo


Poco me imaginaba yo al finalizar las entradas del año pasado que este año inauguraría la sección dedicada a Reseñas, con una pequeña aportación sobre un libro que podríamos calificar como perteneciente a la categoría de best-seller.
Y es que Los crímenes del número primo, un novelón de más de 300 páginas, se encuadra dentro de la tendencia actual de narraciones sobre crímenes perpetrados en un marco histórico, en el que se involucran factores tan controvertidos en los medios como la Iglesia y sus injusticias, las tendencias sexuales de todo tipo, la intriga y el asesinato. El mérito de esta novela radica en que la autora no se ha dejado llevar por la tendencia a simplificar. Es decir, ni todos los miembros de la iglesia que aparecen en la obra son malos o repulsivos, ni todas sus injusticias inexplicables; ni todos los homosexuales seres excepcionales perseguidos por una sociedad que los margina. Pero tampoco es oro todo lo que reluce en la iglesia, y algunos homosexuales son víctimas de actitudes que los arrastran a la infelicidad.

El argumento de la novela atrapa. Comienza la obra con el descubrimiento por parte del padre Chocarro, el sacristán de la abadía de Leyre, de la profanación del sagrario y la desaparición del padre abad, algo por otra parte muy extraño, dadas las reticencias que éste muestra siempre para abandonar su querida comunidad. El rector de la abadía, temiendo que el abad haya sido víctima de un malentendido arranque de piedad que al conocerse por la prensa se divulgue y se vuelva en contra de la iglesia, decide no comunicar el hecho a la policía, contra el parecer del padre Chocarro.

Uno de los dedos del abad de Leyre es amputado y enviado al arzobispo de Pamplona junto con un misterioso mensaje escrito en un pergamino antiguo. La exigencia del asesino para la liberación del abad es que se le entregue un relicario que contiene un trozo del Lignum crucis en la ermita de Mendigorría. El arzobispo, contra los consejos de su secretario, se dirige al lugar para pagar el rescate y la acción se desencadena.

En la segunda sección de la novela el punto de vista cambia y se centra en la jueza encargada de llevar el caso, Lola MacHor, quien ve con horror como una supuesta jornada de guardia tranquila, se convierte en un infierno que durará una semana. En la resolución del caso será ayudada por el padre Chocarro y por un antiguo conocido suyo, el comisario Juan Iturri, quien la acompañará entre los muros de Leyre y en los clubes de alterne homosexuales de Puerto Banús, así como en sus andanzas por las tierras navarras.

Me gustaría destacar dos factores de esta obra: la excelente documentación de la autora, que demuestra una capacidad descriptiva y una riqueza léxica poco común en este tipo de obras; y por otro lado la fuerza de los personajes secundarios de la obra que consiguen conquistar el cariño (o la animadversión) del lector.

Reyes Calderón es profesora de Economía de la Empresa en la Universidad de Navarra y doctora en Economía y Filosofía. Amplió estudios en La Sorbona (París) y Berkeley (California). Además de Las lágrimas de Hemingway, ha publicado otras novelas históricas como Ego te absolvo y Gritos de independencia.

Transcribimos a continuación el principio de la novela.


Por una fisura, el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios... El diablo existe… Es un ser viviente, espiritual, pervertido y pervertidor, una realidad terrible, misteriosa y temible.

Pablo VI, 29 de junio de 1972
Alocución. Noveno aniversario de su coronación


Prólogo

Nada ocurre por casualidad. Ni la impávida luz que se filtra tímidamente por las rendijas de tu ventana ni la nube que por un mísero instante pende del cielo sombreando tu lecho, nada, ni siquiera eso, se debe al azar. Lo aprendí instruyendo mi último sumario, el que la prensa llamó «los crímenes del número primo». Lo sé desde que las suelas de mis zapatos bajos pisaron aquella pequeña ermita tiznada de rojo oscuro, mucho más oscuro que rojo; lo sé porque aún huelo a romero.
Podrían haber pasado por accidentes fortuitos o por un ramillete de encuentros inesperados, sucesos amorfos que deambulan decorosamente por tu existencia sin dejar huella, pero bajo ese jardín de casualidades se ocultaba la verdad: los hados no tienen dueño porque, en realidad, no existen.
Creemos dominarlo todo, saberlo todo, controlarlo todo, pero antes de ser siquiera deseado, el sentimiento ya está diseñado. Late en el pecho un suave tintineo; en él se encuentra la clave de todo. Entiéndela, y podrás cabalgar por el bosque de las sombras hasta la pura casualidad, esa que no existe.
Lo sé porque aquella noche de luna creciente bajé a comprobarlo al corazón de las tinieblas; lo sé porque allí leí el mensaje, escrito en los mismos ojos del diablo.
No soy un número primo, pero doy fe de que existen. Yo he conocido dos muy distintos. He visto el cielo y el infierno, azufre y agua bendita, ambos bajo un mismo azar, señal de que lo que no existe no resulta, en definitiva, fundamental.
Cuando los sucesos que voy a referir acontecieron, había topado algunas veces (escasas en número) con miembros del estamento eclesiástico. No me pilló por sorpresa su actitud, mezcla de extremo respeto y excesiva altivez. Después de aquello, siempre con guante de seda, he asistido a algún juicio de faltas, he impuesto pequeñas penas o he amonestado a algún sacerdote enganchado al placer de la velocidad. Pero aquel día de junio fue para mí trascendental porque con quien topé no fue con un eclesiástico de tres al cuarto, sino con la Iglesia misma, con toda su majestad, con toda su magnificencia.
Quizás algún día, en su perenne resaca, la vida arroje nuevamente a mis pies despojos con veste clerical, pero tengo por cierto que ninguna marea será como aquélla, porque la verdad estaba allí, sumergida pero al alcance de mi mano, esperando, casi rogándome, que la rescatara de aquella negra orilla.
Lo hice. La caza no fue sencilla; nunca los asesinos son piezas fáciles, mucho menos si prueban la sangre y les gusta. La nuestra fue una batida lenta y tediosa. Muchas veces, harta de aquella maraña de acontecimientos, la idea de abandonar rondó por mi cabeza, pero no sucumbí a la tentación: era consciente, sigo siéndolo, de que los muertos —buenos o malos, santos o demonios— merecen todo nuestro respeto.
Acaso fuera el solideo color violeta; tal vez el ímpetu de los hechos o el número de cadáveres. No lo sé, pero tengo por cierto que, aunque dedique muchos más años de mi vida a la causa de la justicia, en éste o en cualquier otro juzgado de instrucción, no volveré a vivir una experiencia semejante.
Lo que pretendo en estas líneas es inmortalizar la historia. No quiero que se repita, no quiero que se olvide.


Libro primero. Perfume de azufre


Y Satanás respondió al Señor: «¡Piel por piel! Un hombre
da todo lo que tiene a cambio de su vida».
Libro de Job, 2:4

1


Monasterio benedictino de San Salvador de Leyre, Navarra
Madrugada del viernes, 11 de junio

Imposible. Que Pello Urrutia, de frágil cuerpo de anciano y templado carácter, abandonase en plena noche los muros del retiro benedictino y se internase en los parajes abiertos, parecía a todas luces imposible. Pero eso fue exactamente lo que Pello Urrutia hizo aquella madrugada de viernes; lo último que hizo antes de ser atraído por la irremediable llamada de la muerte.
Nadie comprendió el porqué. Los que tenían al menudo clérigo como ejemplo de hombre apacible y cabal se extrañaron tanto de su inesperado comportamiento que le tuvieron por perturbado. Era cierto que el padre Urrutia rara vez perdía los nervios. Nadie, ni siquiera los más allegados, le recordaban dominado por la excitación o la impaciencia, pero todos ellos desconocían los detalles que encendían su angustia; de haber estado al corriente, de haber olido el azufre, es posible que hubieran logrado salvarle.
Pero no lo estaban. Por ello, no supieron descifrar por qué, cercanas las cuatro de la madrugada, cuando aún la noche dormía sobre las colinas, el abad Urrutia no descansaba en su celda, como el resto de la comunidad. Ellos nunca comprendieron por qué, en aquella intempestiva hora, el abad emergió en el patio procedente del interior del claustro y obligó a sus titubeantes piernas a avanzar hacia el portón exterior, deprisa, al son del rumor que provocaba su gran rosario de cuentas al golpearle la cadera.
Sus íntimos no pudieron ver el testamento que sujetaba, ni vislumbraron en su frente el pavor que le ocasionaba la cercanía del mal, ni oyeron lo que rezaban los labios del abad cuando perseguía su destino; de haberlo oído, quizás hubieran entendido algo.
Pello Urrutia hablaba del humo, de uno muy especial; se refería al perfume de Satanás. Musitaba entre dientes, sin dejar de santiguarse, que el aliento de azufre del rey de las tinieblas se había colado por alguna fisura en el templo de Dios y, ya dentro, trataba de perpetuarse.
Pello Urrutia comprendió enseguida que aquello era obra del maligno pervertidor, cuernos de carnero, vergajo inmundo. Pero no entrevió siquiera que a aquella realidad, misteriosa pero etérea, nada más que humo, le seguiría otra mucho más tangible: la sangre, espesa y oscura.

Contemplaba sus últimas estrellas, aunque no lo sabía. Los que sostenían que su rostro, a juego con su níveo cabello, era fruto de alguna suerte de combinación genética, se equivocaban. Pello Urrutia tenía la memoria poblada de momentos en que ciertos sucesos habían reconcomido su alma. No eran sus genes sino la clausura benedictina la que había logrado que la dulce paz germinara en su alma. Al atravesar aquellos muros de vieja raigambre monástica, había sido tocado por la magia de la vida contemplativa y comprendido que la mitad del éxito estribaba precisamente en proscribir cualquier atisbo de precipitación, la lujuria del tiempo.
Lo que para Pello Urrutia había sido simple convencimiento, terminó haciéndose regla cenobítica cuando, por unanimidad, fue nombrado abad del monasterio benedictino de San Salvador de Leyre. Iban para diez los años en que se había consumado aquella designación y, desde entonces, su estilo monástico había fascinado a medio centenar de hombres, obligando a ampliar las primitivas instalaciones para acoger a la abundante cosecha de mansos frailes.
Pero cuando aquella madrugada de viernes los pies de Pello Urrutia pisaron sagrado y sus ojos comprobaron la tropelía que allí había tenido lugar, se vio invadido por un rosario de síntomas mundanos. Comenzó por sentir una desagradable sensación de peso en el estómago; luego sus piernas tiritaron como hojas de otoño; y sus flacos tobillos se negaron a sujetarle, obligándole a apoyarse en el muro. Hasta su nariz, de por sí aguileña, se inclinó peligrosamente hacia su boca, abierta por el estupor y la sorpresa.
Y lo peor fue que, al toparse con aquella sinrazón, su mente se apagó como claudica la pasión: de improviso. Ciego, trastornado sin remedio hizo lo que nunca habría aconsejado a otros: abandonó raudo el templo en dirección al infierno. Hacía mucho tiempo que no sentía aquella íntima turbación; ésta sería su experiencia terminal.
A trompicones, corriendo con toda la fuerza que permitía su exigua anatomía, consumida por la enfermedad y los años, se dirigió al garaje, una insulsa construcción adherida al magno edificio principal.
Cuando lo alcanzó, desaliñado y sudoroso, el alto dignatario exhibía un aspecto lamentable. Jadeante, con el color extraviado, levantó manualmente el portón y se acercó al Land Rover, propiedad del monasterio. Se le saltaban las lágrimas cuando subió al vehículo. Se sentó en el asiento del conductor y dejó el documento en el contiguo. Introdujo la llave en el bombín y se colocó el cinturón; tenía un chófer a su entera disposición y, por ello, falto de costumbre, estar al volante le causaba cierta desazón. Arreciaron las lágrimas; aun así, decidió seguir. Cogió con ambas manos su cruz pectoral y la obsequió con generosos besos, mientras decía en voz alta:
—El humo de Satanás, Señor, se ha vuelto a colar en tu casa… ¡Protégeme!

Iba a girar la llave cuando notó el aliento en su nuca. Se volvió y topó con la máscara negra. Sobre la base oscura, unos brillantes ojos verdes, por un momento, le recordaron tiempos pasados.
—Buenos días, abad —escuchó de una voz melódica, extrañamente tranquila—. Le agradezco que acepte mi repentina invitación.
El anciano no tuvo tiempo de responder. Unas manos enguantadas surgieron de la oscuridad y le sujetaron con fuerza por ambos lados. El clérigo trató de defenderse, pero era de complexión frágil y su oponente contaba con la ventaja de la sorpresa. El brazo izquierdo de su adversario le atenazaba el pecho; el derecho le obligaba a respirar a través de un pañuelo impregnado con una solución de fuerte olor.
Dominado por el pánico, el fraile clavó las uñas en su agresor, mientras sus ojos se agrandaron hasta adquirir cerca del doble de su tamaño. Pero el anestésico realizó enseguida su función. Los largos y huesudos dedos del abad se aflojaron hasta soltar por completo a su presa; luego se desmayó y su cabeza cayó hacia delante.
Al aminorar lentamente la presión, su asaltante permitió que la nívea cabellera del monje se rindiera ante el salpicadero. A pesar de la apariencia, el agresor esperó unos segundos, para confirmar que definitivamente el abad Urrutia cedía en la lucha. Cuando estuvo seguro de que su víctima se había sumergido en el sueño, pasó al asiento delantero por el amplio espacio que separaba los dos lados.
Antes de sentarse en el lugar del copiloto, retiró el pergamino y lo dejó sobre el salpicadero. Luego, se acomodó en el asiento y sacó del bolsillo un rollo de cinta aislante, con la que ató las muñecas y los tobillos del clérigo. Sólo entonces, soltó el cinturón del abad y arrastró el cuerpo, cogido por las axilas, hacia la parte de atrás. Finalmente lo tumbó en el suelo y lo tapó con la desgastada manta de cuadros verdes y rojos que encontró en el asiento trasero.
Sudaba cuando ocupó el puesto del conductor; se quitó la capucha y se secó el rostro. Sus ojos felinos resplandecían con el metálico brillo de las luciérnagas. No arrancó de inmediato. Esperó hasta acompasar su respiración. Mientras lo hacía echó un vistazo a su antebrazo, que sangraba ligeramente a causa de los arañazos del abad. Pensó en sacar el pañuelo y vendarse la herida; luego cambió de opinión: cicatrizaría mejor en contacto con el aire.
Se serenó; debía completar su plan. Extendió la mano para recoger el pergamino, pero no estaba. De nuevo, el corazón le dio un vuelco. Miró hacia abajo, el documento había resbalado al suelo; lo recogió e introdujo en uno de sus bolsillos.
Giró la llave. El coche renqueó varias veces, pero al fin el ronroneo del motor diesel rompió el silencio de la noche. Apretó el mando a distancia, sujeto al salpicadero del Land Rover por una clavija. En el momento de trasponer la cancela y abandonar las tierras del monasterio, el asaltante detuvo el coche y miró hacia atrás.
Todo estaba en silencio; no obstante, las sombras de los muros de piedra parecían amenazarle, recriminando su acción. No fue ira lo que sintió; aun así, estalló como si aquella visión le hubiera dañado irremediablemente. Apretó con fuerza el acelerador. Una nube de polvo se elevó indecisa sobre el aire purísimo de la montaña.
El monasterio quedó atrás, durmiendo su pacífica soledad, erguido sobre la agreste balconada de la sierra de Errando, dominando Navarra y Aragón desde su altozano, ignorando las oscuras siluetas que se cernían sobre sus milenarios edificios de piedra y espíritu. “

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